MIRA AL HORIZONTE

ESTE, ES UN BLOG DE SUEÑOS Y DE ALEGRIAS, DE CARRERAS, DE RUTAS Y DE ILUSIONES, TAMBIEN DE NOSTALGIAS, DE NUBES QUE AVANZAN RAUDAS JUNTO AL MAR, DE SOLES QUE CUBREN CIELOS ENCAPOTADOS, DE RISAS Y DE MISTERIOS, DE VIEJAS HISTORIAS DEL PASADO, DE ILUSIONES PERDIDAS Y DE OTRAS ENCONTRADAS, DE ENCRUCIJADAS JUNTO AL VIENTO EN LA FRONTERA MISMA DE LA VIDA...ESTE ES UN BLOG PARA EL QUE QUIERA CORRER, LEER, ESCUCHAR E IMAGINAR.

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lunes, 8 de agosto de 2016

EL HUMEDO ESCAPARATE DE FLORES

Una mañana, en la pequeña floristeria del centro de la ciudad...


Con cierta pereza, Ñito cortó unos cuantos tallos y dejó las enormes tijeras de podar en el cajón del mostrador. Había tallos muy largos, demasiado largos, tan robustos y tan fuertes que crecían como si quisieran escapar de los demás huyendo hacia el cielo. Pese a la gran pereza que le dominaba, Ñito cortaba los tallos con espíritu encomiable, todos debían estar igualados y perfectamente alineados, como si de un pequeño ejercito de finos palitos de igual condición y rango se tratara. Cuando terminó con los tallos, Ñito se concentró en las macetas, con las manos y con gran delicadeza, las limpió y las dejó vacías de hojas secas, luego, comenzó a barrer. Instintivamente, y mientras se paseaba por la tienda con la escoba de paja entre sus manos, Ñito acarició una de los hojas, tal vez la más grande, su tacto era suave y terso, y tenía una fina pelusilla blanca que cubría toda su superficie. A Ñito le encantaba acariciar las plantas con las yemas de sus dedos, y lo hacía con gran deleite, como si entre las plantas y él existiera algo más que ese cariño simple e inocente, ese cariño que queda exento de cualquier atadura moral o física..

                                                                    ***

Puedo hablar con las plantas, ...En la quietud, las escucho, hablan un idioma susurrante, difícil de captar, como un bisbiseo, pero yo lo capto. Cuando están tranquilas, emiten pequeños sonidos, leves chasquidos al chocar unas hojas contra las otras, y se mueven, ¡Si, se mueven!, ¡Esto es algo científico!, son seres vivos en continuo crecimiento que se desarrollan como cualquier otro, muy lentamente. Yo puedo ver ese proceso, o al menos, puedo imaginarlo, como si fuera una cámara de video, activo el “avance rápido” y acelero la visión; crecen los brotes, algunos capullos se hinchan y se abren convirtiéndose en flores y las hojas secas se desprenden para caer finalmente al suelo. Es como ver un programa de televisión del Nacional Geografic, dejo la cámara fija en un punto y veo como la vida pasa muy rápido; un chispazo y...¡zas!


                                                                     ***

Un poco aburrido, Ñito dio dos o tres vueltas más por interior de la tienda, luego, se acercó al escaparate y sin darse cuenta, puso las manos en el cristal dirigiendo su mirada a la calle, pareciera como si la escoba, además de las hojas secas del suelo, hubiera barrido también sus pensamientos, solo sus ojos eran capaces de seguir con parsimonia el lento transitar de algún viandante...
Poco después, dando lentos pasitos, se dirigió al fondo de la tienda, a la parte más profunda, un espacio reducido y frío, muy húmedo, donde apenas llegaba la luz y todo estaba siempre oscuro, Ñito se detuvo allí un instante, observó a su alrededor y lanzó una mirada global a todo lo que le rodeaba, como si mostrara el control de sus dominios a su propio cerebro. Poco después se alejó de allí y salio al rellano para inspeccionar la ciudad, permaneció allí unos cinco minutos, meditando, observando... su mente parecía ahora mas despejada, como ese cielo que emerge limpio, barrido de nubes, después de una tormenta. Por fin, cuando se cansó de todo esto, regreso al mostrador y se sentó tras él. 
En la parte central de la floristeria, enfrente mismo de la trastienda, Ñito tenía una silla diminuta, perfecta para un colegial de unos seis o siete años de edad, era metálica y con el respaldo de madera ennegrecido, no era una silla cómoda, mas bien todo lo contrario, aunque si acogedora, debido a su aspecto, parecía una planta más, el oxido semi-verdoso le infería un toque silvestre y su tacto era pegajoso y rugoso como el de algunos helechos. Aquella silla era el mejor punto de observación de la tienda, sentado en ella, en el centro exacto de la floristeria, todo quedaba bajo un amplio espectro visual. 

Alrededor de Ñito, en la pequeña floristeria del centro de la ciudad, no hay más que plantas; enormes ficus, cactus de aspecto agresivo, rosales de todo tipo, modelos para centros de mesas, maceteros, orquídeas, claveles frescos, narcisos jóvenes, crisantemos vagamente dorados... siempre huele a tierra y a humedad, pero el ambiente es fresco y apacible. Allí dentro, en el pequeño mundo de flores de Ñito, el tiempo no pasa, solo se desplaza al ritmo de un caracol...

                                     
                                          pequeña floristeria del centro


Continuara...

martes, 2 de agosto de 2016

EVA Y LA GRIETA

Turno de noche en el Hospital General de Valencia, justo en la parte baja de la ciudad, muy cerca del nuevo cauce del río... 



Nunca le había dado demasiada importancia, ¡Son cosas que pasan!, solo suceden, están, lo mejor es ignorarlas como si no existieran, no hacerles caso, dejarlas pasar....

Desde entonces, no puedo.

Desde aquel día eterno del mes de febrero, las cosas invisibles rivalizan con las visibles convirtiendo en palpable, todo aquello que, por su naturaleza, no debería estar ahí, o tal vez si, no lo sé...No escucho nada, solo un pellizco en los limites de la intuición y un dedo impreciso arañando mi frente, entonces, algo empuja mis ojos que se detienen en un punto muy concreto, ¡y ahí está!, una alargada sombra que se extiende como un borrón sobre el papel blanco, la chispa de un segundo, un instante robado al transito global del tiempo en el universo, la veo, como quien ve una ola gigante acercándose a la playa, capaz de imponer su presencia con un halo maligno e hipnótico.

Antes, solo hubiera sentido un leve rubor, un escalofrío o un algo irreconocible visto a través del rabillo del ojo, ahora, desde hace un tiempo, desde aquel día lluvioso y triste, veo una sombra, autentica, reconocible, real como las estrellas que cuelgan del cielo en las noches mas abiertas del verano, no se cuando cambio la percepción, o si la provoca algún tipo de matiz de la realidad que solo yo puedo ver, o algo interno que subyace en los puntos mas desconocidos de mi propio ser. No hay explicación, no es nada, solo, está ahí, una mancha negra y con ella, una descarga de electricidad y un latigazo muy fiero en la boca misma del estómago, justo donde las tripas se juntan con la esencia que nos hace seres humanos. No hay miedo, ¡que extraño!, ¿acaso curiosidad?...un poco.

Suspiro profundamente y... se va.


Otras compañeras también han visto algo, cosas extrañas que cada una interpreta a su manera; algunas se ríen sin darle importancia utilizando la ignorancia como una útil y eficaz defensa, otras, reconocen lo evidente dejando a la interpretación de su imaginación las causas últimas de aquello...Y algunas mas, no ven nada, o eso dicen, y apenas muestran interés por esos temas, ¡cosas del estrés o del cansancio!, suelen decir. Sucede cerca de agujero de la segunda planta, un viejo descargadero de ropa caído ya en desuso, un orificio muy estrecho oprimido entre los antiquísimos ladrillos de la pared del hospital y que conectaba esa planta con la lavandería abandonada del subsuelo del edificio. Ya no sirve para nada, pero sigue ahí, nadie había pensado que, quizás, lo mejor sería tapiarlo, cegarlo para siempre, convertirlo en una cicatriz indolora de pintura fresca resaltando sobre el resto de la ennegrecida pared, jamás repintada. Dicen que, hace años, un niño pequeño se cayó por el viejo agujero y murió; ¡leyendas urbanas de hospital!, es posible. Los hospitales habitan en limbos perdidos, en tierras de nadie, la mayoría, son engullidos por las ciudades en su imparable expansión convirtiéndose en engendros, en edificios apestados, en miembros de un cuerpo situados en el lugar equivocado; los hospitales, por su intrínseca naturaleza, pertenecen a los extrarradios de las ciudades y ahí deben estar, al igual que los cementerios o las desangeladas rotondas, círculos inmensos sin vida que anudan con eficacia los distintos barrios que se extienden mas allá de los centros urbanos. El Hospital General de Valencia es un miembro exento de cuerpo, un monstruo blanco insertado entre las feas casas de renta antigua del Barrio de la Luz, pertenece a la ciudad, pero hace tiempo quedó olvidado por ella, igual que los niños caprichosos olvidan sus juguetes al termino de la primera y fulgurante emoción, nada más triste que un juguete olvidado por un niño caprichoso, su alma se pudre mientras le invade una fina e incolora capa de polvo...

                                                                             ***

Luis siempre me recogía en la entrada del hospital. Aparcaba su coche, no demasiado lejos de la puerta principal del edificio y merodeaba de un lado a otro por las calles mas cercanas, luego, me hacia esperar cinco minutos, o diez, nunca más de diez..más hubiera sido demasiado tiempo. Yo lo sabía, así que antes de acabar de trabajar, al pasar revista al último paciente o mientras dejaba en la taquilla del vestuario el traje de enfermera y los pesados zuecos, ya lo imaginaba paseando por la Avenida de Tres Cruces con las manos en los bolsillos y mirando a los arboles o a los edificios. Luis lo observaba todo con esa mirada lejana propia de los que siempre miran el mar; mirada verde, indescifrable y soñadora. Le encantaba mirar hacia arriba, a las cosas más altas, nunca supe por qué. En los momentos de pacifico silencio le sorprendía mirando a la flor de algún árbol, o a una hoja, o a las altas figuras que rematan los monumentos y las estatuas urbanas, cualquier cosa que estuviera a más de cinco metros por encima de su cabeza.
Era febrero y la tarde era fresca, más propia de una primavera primeriza que del crudo invierno, la brisa, pacifica y cautivadora, soplaba a ráfagas, iba y venia oscilante y caprichosa arrastrando junto a ella olores indefinibles y vagos recuerdos de sonidos muy lejanos. Producto de la tranquilidad, la calle tenía eco, algo muy propio de los suaves atardeceres del invierno en la ciudad. El cielo, límpio y despejado, estaba azul, un azul de puro barniz reluciente

Esta vez, no tardó..

-¡Chico, que raro, tú tan puntual!..
Al salir del hospital, allí estaba, plantado en la puerta principal del edificio, junto a la enorme cancela de hierro verdoso, cosido al suelo, enraizando en infinitas ramas muy dentro de mi corazón.

(Aun le veo cada día, permanece firme como las raíces de un sauce, eterno como el olor del jazmín en las mañanas de la primavera, pero solo es un deseo, filtrándose a través de la memoria, deslizándose por la extraña grieta que se abre desbocada en las entrañas de mi corazón.)



Continuara...